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Tres Noches de Luna Llena

8. Luchas

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El aire entraba con dificultad en los pulmones de Lucas. Respiraba rápido, pero no profundo. Cada intento por llenar su pecho era en vano: el oxígeno no alcanzaba, era aspirar vacío. Sentía que algo lo comprimía desde dentro, apretando su tórax, negándole el respiro. Intentó inspirar con más fuerza, abrir la boca, alzar los hombros, forzar los músculos, pero solo conseguía bocanadas inútiles.

La cabeza le zumbaba, saturada por una presión que no sabía de dónde venía. El corazón le latía con tanta fuerza que sentía empujarle la sangre contra los oídos.

Pensaba: "me estoy asfixiando", y no era una metáfora. Estaba siendo estrangulado desde adentro, algo invisible le oprimía el pecho y no lo dejaba soltar el miedo, ni con el grito, ni con el llanto, ni con el aliento.

 "Tiene que ser una broma, tiene que ser una puta broma. ¿Por qué carajos me está pasando esto a mí?" Lucas ya no estaba de rodillas: estaba tendido sobre las baldosas del baño, casi en posición fetal, esperando poder entrar en razón y convencerse de que nada de lo que estaba ocurriendo era real. ¿Cómo podría serlo? Si hace apenas una semana estaba quejándose de su mudanza, lamentando la vida que había dejado atrás... y ahora, un monstruo aparecía frente a él diciéndole que estaba poseído y que haría Dios sabe qué con él.

Los pensamientos de Lucas avanzaban a mil kilómetros por hora, entre ideas abstractas y emociones incomprensibles, pero en todas ellas primaba la angustia. "¿Qué voy a hacer ahora?" Se percató, por un breve segundo, del frío tacto de las baldosas contra su piel, y con otro segundo de claridad pensó que el baño no era el mejor lugar para estar en un momento así. Le cruzó la idea de dirigirse a su cuarto; al menos ahí podría pensar con más claridad.

Se levantó abruptamente del piso y abrió la puerta del baño con tanta violencia que por un instante pensó que había arrancado el picaporte. A paso apresurado, se dirigió a la escalera para subir al segundo piso.

 —¿A dónde vas, Lucas? —oyó la voz de su madre, justo él cuando tenía un pie sobre el primer escalón.

—A mi cuarto —respondió, sin voltearse a verla.

—El almuerzo está servido. Ven a comer con nosotros.

—No tengo hambre, mamá. Voy a recostarme un rato.

—¿Te sientes bien, hijo?

—Sí, mamá. Solo no tengo hambre.

Lucas no esperó a oír una respuesta. Subió rápidamente las escaleras, entró en su cuarto y cerró la puerta con firmeza. Necesitaba calma. Pensó que la encontraría allí. Su habitación solía ser su nido y refugio. Pero ahora, en esta nueva casa donde todo le resultaba ajeno, miró a su alrededor buscando aquella paz... y no la encontró.

Todo le molestaba: esos muebles tan rústicos, ese olor persistente a madera, la ventana que daba directo al bosque. Ese puto bosque, que tanto le incomodaba desde el principio y que ahora parecía ser la fuente de todos sus problemas.

No encontraba calma; solo se enojaba más. Empezó a caminar de un lado a otro, tratando de agotar sus emociones con cada paso apresurado que daba, pero no parecían esfumarse. Buscaba con la mirada, entre cada rincón de su habitación, algo a lo que dirigir su ira, algo que lo hiciera sentir mejor. Pero ni sus trofeos, ni sus medallas, ni sus fotos en la pared, ni sus libros en la repisa, ni la ropa en su armario lograban brindarle algún sentido de tranquilidad.

Se arrojó en la cama, hundió la cabeza entre las sábanas y trató de sumergirse lo más profundo posible en el colchón. Usando toda la fuerza de sus pulmones, gritó. Tan fuerte como pudo. Con todo el aire que tenía. Con toda la fuerza de su garganta. Alzó la cabeza esperando que aquel grito lo aliviara o que lo vaciara de angustia. Pero nada había cambiado.

Se sentó en la cama, echó otro vistazo a la habitación... y todo seguía igual. La sensación de vacío no se desprendía de su ser. Trató de perder la mirada en el horizonte. Observó el bosque a través de la ventana, pero por un segundo su vista enfocó otra cosa: el baúl. El baúl donde las viejas cosas de su padre yacían guardadas. Se levantó de la cama y, con pasos lentos y medidos, se acercó a él. Por un momento, todo lo que sentía se canalizó en ese objeto. No el baúl en sí... sino la persona que representaba. Todo aquello que había sentido desde que llegó a ese lugar estaba a punto de explotar contra ese pedazo de madera. Ese símbolo de quien lo había dejado caer en esta situación.

 Apretó los puños con una ira contenida. Lentamente se acercó y, en un movimiento rápido e instintivo, levantó el pie derecho, dispuesto a destrozar aquella pieza de una sola patada. Pero justo antes de hacerlo, escuchó que alguien tocaba la puerta.

—Lucas... —oyó la voz de su madre del otro lado—. ¿Está todo bien, hijo? —dijo mientras abría la puerta y se asomaba levemente al interior de la habitación.

—Mamá —reclamó Lucas—, por favor, no entres así. Tienes que preguntar antes de hacerlo.

—Perdón, Lucas —respondió ella mientras abría por completo la puerta, dejando entrever que llevaba en las manos un plato con puré de papas y un filete—. Es que estabas un poco extraño y me dejaste preocupada.

—Pues estoy bien —replicó Lucas con una clara ira contenida—. Y te dije que no tengo hambre —dijo, sin dejar de observar el platillo.

—Hijo, si estás molesto por lo de la policía, eso no tiene nada que ver contigo. Solo fueron a preguntarte sobre lo que pasó, para confirmar si había algún peligro del que debieran ocuparse. No es como si te estuvieran culpando de algo —su tono era despreocupado y un poco burlón. Eso irritaba a Lucas, quien sentía que lo estaba tratando como a un tonto.

—No es eso. Es solo... ¡Ah! No es nada —dijo con resignación.

—Pues si no es nada, no estarías ahí parado con cara de estar a punto de hacer un berrinche.

—¡¿Podrías dejarme solo un momento, mamá?! Solo quiero estar solo —volvió a reclamar Lucas.

—Hijo, sé que estás en esa edad en la que crees que el mundo está en tu contra, pero quiero que sepas que no soy tu enemiga. Y no tienes por qué hablarme así.

—¿Y no entiendes que también puedo querer estar solo sin ningún motivo aparente?

—Está bien, Lucas. Solo quería saber si estabas bien —dijo resignada—. Te traje esto por si te daba hambre después. Lo dejaré en tu escritorio. Hice tu favorito, por ser tu primer día de trabajo.

Lucas la observó sin responder. Solo se quedó de pie, con la respiración acelerada.

—¿Quieres que te deje la puerta cerrada?

—Voy a salir —dijo Lucas, tomando con brusquedad una sudadera del armario.

—¿Qué? —respondió desconcertada su madre.

—Necesito caminar un poco —y salió apresuradamente de la habitación, antes de que su madre pudiera siquiera pensar en responder. Bajó las escaleras dando fuertes pisotones.

Pasó cerca del comedor y observó brevemente a su abuelo, que comía mientras anotaba cosas en una libreta sobre la mesa. No levantó la vista, así que a Lucas no le importó seguir su camino hasta la puerta principal.

No sabía a dónde dirigirse. Podía seguir el camino pavimentado hasta el centro de la ciudad, pero necesitaba estar solo. No quería rodearse de gente. Contra todo instinto, decidió dirigirse al bosque. Aquel lugar donde todo esto, que parecía una horrible pesadilla, había comenzado.

No sabía qué hacer. No podía pensar con claridad. Solo caminaba, moverse era lo único que aún le daba una mínima ilusión de control. Pero incluso eso era frágil.

Decidió no adentrarse demasiado. El bosque lo había devorado una vez, y ahora, aunque lo atraía con una especie de magnetismo oscuro, no quería perderse de nuevo. Se internó apenas unos metros, solo hasta donde aún pudiera distinguir el contorno de su casa a la distancia.

Y allí se dejó caer. Las piernas simplemente cedieron, ya no tenían razones para sostenerlo. Se desplomó sobre la tierra húmeda, sin importar la suciedad, las hojas, las raíces.

En ese momento, deseó desaparecer. Que el suelo se abriera y lo tragara sin dejar rastro. Que todo terminara ahí, sin explicaciones, sin más preguntas. Solo desaparecer.

Alzó la vista hacia el cielo, tratando de encontrar algo. Paz. Silencio. Un consuelo cualquiera. Observó las copas de los árboles temblar levemente con el viento, dejando ver fragmentos del cielo. Pero no sentía alivio. Nada en ese paisaje podía calmar lo que ardía por dentro.

Pensó en gritar otra vez. Romper el aire con su voz, con su rabia, con su miedo. Pero sabía que no serviría de nada. Que no había grito suficiente para liberar aquello que se acumulaba en su interior.

Y entonces, sin anunciarse, la angustia se rompió en forma de lágrimas. Primero fue una punzada en el pecho, luego un nudo en la garganta. Y finalmente, las lágrimas comenzaron a brotar, calientes, traicioneras e implacables, resbalando por sus mejillas. Solitarias al principio, pero pronto se convirtieron en un torrente incontrolable. No podía detenerlas. No quería. Era como si su cuerpo hubiera esperado todo el día, toda la semana, toda la vida, por ese derrumbe. Toda la ira, el desconcierto, la soledad, el miedo... se fundieron en un llanto feroz, casi infantil.

Lucas lloraba sin pudor, sin contención. Se tapó el rostro con las manos, encorvado sobre sí mismo, gimiendo entre sollozos que nacían desde lo más hondo. Nadie lo miraba. Nadie podía verlo. Por fin podía quebrarse. Y lo hizo. No recordaba la última vez que había llorado así. Ni siquiera sabía si alguna vez lo había hecho.

Aquello no era solo tristeza: era el colapso de algo más profundo. Perderse a uno mismo y no saber si sería posible volver. Y así permaneció, solo, roto, llorando como un niño perdido en un mundo que ya no entendía. No supo cuánto tiempo permaneció ahí. Ni cuánto había llorado. Tampoco podía decir en qué momento exacto las lágrimas se detuvieron, ni cuándo su cuerpo dejó de temblar. Solo sabía que, poco a poco, lo había envuelto un silencio espeso, como si el mismo bosque lo hubiera arrullado en su desconsuelo.

Su percepción del tiempo se había disuelto por completo, al punto de que incluso creyó —o tal vez imaginó— que se había quedado dormido por unos minutos.

Alzó la cabeza con lentitud. Le dolía el cuello, los ojos ardían y sentía la garganta seca. El aire parecía más fresco ahora, y el cielo ya no era el mismo. Al mirar hacia arriba, notó cómo el sol se ocultaba lentamente entre las colinas del oeste, tiñendo el horizonte con tonos cobrizos y violetas. El día se extinguía con calma, pero en su pecho seguía ardiendo la inquietud.

Giró el rostro y, al otro extremo del cielo, la luna ya se alzaba con una quietud inquietante. Una parte de ella estaba mordida por una sombra que la hacía parecer incompleta. Aun así, su presencia era clara. Lucas la contempló con fijeza. Por primera vez en horas, su mente logró enfocarse en un solo pensamiento.

Sacó el teléfono del bolsillo con manos temblorosas. Entró al calendario. El lunes, recordó, todo había comenzado. El claro. El lobo. La luna llena. Y ahora era sábado. Deslizó los dedos hasta el buscador y escribió con rapidez: próxima luna llena. Cuando apareció la fecha en la pantalla, el estómago se le contrajo. Diecinueve días. Diecinueve días hasta que todo pudiera repetirse. Esa era la fecha de su sentencia sentencia.

Diecinueve días para esperar, sin respuestas, sin guía, sin saber si aquello que lo habitaba crecería, se fortalecería, o si incluso, llegado el momento, tomaría el control. Diecinueve días atrapado en el limbo de la incertidumbre, contando lunas en lugar de horas, con el cuerpo como campo de batalla y su alma como rehén.

Sintió cómo la angustia regresaba lentamente, pero ya no lloró. Se quedó ahí, quieto, con los ojos clavados en la luna.

Decidió no permanecer más en el bosque. Ya no tenía sentido seguir allí. El dolor no cedía y la tierra no lo tragaba. Con pasos lentos, caminó de vuelta hacia la casa. Al llegar a la frontera entre los árboles y el jardín, alzó la vista.

Allí estaba todo: el garaje, el aro de básquetbol... ese pequeño mundo que alguna vez le resultó familiar. Lo observó, y un recuerdo lo atravesó: el gimnasio, la pelota, la sensación de ser él mismo, aunque fuera por unos minutos. Ese momento fugaz en el que todo encajaba y la oscuridad parecía quedarse fuera. Por un instante, pensó que tal vez podía recuperar algo de eso. Solo un poco. Un fragmento.

Abrió la puerta lateral del garaje y revolvió entre el desorden de cajas de la mudanza, aquellas que todavía no tenían un lugar en la casa. Finalmente, encontró su balón. Estaba algo sucio, más blando de lo normal, pero intacto.

Salió al patio, lo botó una vez. Dos veces. Tres veces. El sonido seco del caucho contra el suelo le retumbó en el pecho. Y en el cuarto bote... simplemente lo dejó caer. Observó el balón rodar unos metros, hasta detenerse en el césped. Luego alzó la mirada hacia el aro que su abuelo había instalado con tanto orgullo. Pero... nada. No sintió nada. Ningún cosquilleo, ninguna chispa, ningún impulso. Solo vacío.

Miró sus manos. Las giró, abrió y cerró los dedos, con lentitud, queriendo comprobar que aún eran suyas. Pero en su pecho... no había nada. Ni emoción. Ni alivio. Ni rabia. Solo un hueco.

La tristeza no fue repentina. Fue la constatación fría de una verdad insoportable: aquello que lo hacía sentir vivo ya no estaba. El básquetbol, su refugio, su escape, su identidad... había dejado de significar algo. Ya no quedaba nada. Solo un cascarón, un cuerpo vacío caminando en círculos. Y si Lucas ya no era Lucas... ¿entonces quién era ahora? Esa pregunta, muda pero abrasadora, le apretó el pecho con más fuerza que el miedo.

Lo invadió una angustia tan espesa que le nubló la vista. Unas leves lagrimas volvieron a recorrer sus mejillas, sin intensidad ni fuerza como las del bosque. Pero con más significado.

 Lloró por todo lo que había perdido. Por todo lo que ya no sentía. Por todo lo que no sabía si volvería a recuperar.

Por ya no ser Lucas.

 

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