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El abismo 1 - El Despertar

8. capítulo 8 - el peso de cadenas invisibles

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La fortaleza apareció entre la neblina como una cicatriz de piedra clavada en la tierra.

No era hermosa.

Era… persistente.

Muros gruesos, reparados en distintos tonos de roca. Torres improvisadas con madera y metal reciclado. Portones reforzados con placas que claramente habían pertenecido a algo más grande, algo derrotado en algún punto del pasado.

Nada allí hablaba de gloria.

Todo hablaba de permanencia.

Caminamos hacia la entrada sin anunciar nada. Nadie nos detuvo de inmediato. Los guardias no vestían armaduras uniformes; cada pieza parecía pertenecer a un origen distinto. Excombatientes. Sobrevivientes que habían decidido dejar de descender.

Eso era lo más extraño.

El sistema los aceptaba.

Habían dejado de luchar… y aun así seguían vivos dentro de la mazmorra.

Las calles interiores eran estrechas, pero no miserables. Había comercio. Intercambio. Puestos de comida. Herreros. Tejedores. Incluso escuché música en algún punto, una cuerda pulsada con desgana pero con intención.

Vi pieles verdosas.

Cuernos limados.

Ojos que brillaban en tonos poco naturales.

Exsobrevivientes.

Algunos nos miraban con lástima.

Otros con cálculo.

Y al menos dos pares de ojos se quedaron demasiado tiempo sobre Vaelith.

Ella lo notó.

Su cola se tensó apenas.

No dijo nada.

—Primero equipo —dijo Soren con naturalidad.

Asentí.

No podíamos permitirnos seguir igual.

La herrería principal estaba cerca del centro. El olor a metal caliente y magia densa impregnaba el aire. Las armas no brillaban con exageración; el refuerzo mágico era discreto, funcional. Diseñado para durar en combate real.

Probé varias hachas antes de encontrar la adecuada.

El peso debía equilibrarse con mi hombro, no contra él. El filo debía aceptar el giro completo del torso sin retraso. Cuando la sostuve por primera vez, sentí una vibración leve, casi imperceptible.

No era ostentosa.

Era eficiente.

La compré sin negociar demasiado.

Nöuk cambió su arma por una hoja con refuerzo en el filo y en la guarda, diseñada para canalizar mejor su estilo preciso y directo. Kael optó por algo más agresivo, más rápido, acorde a su forma impulsiva de combatir. Soren seleccionó herramientas que no llamaban la atención… pero claramente estaban pensadas para durar más de un enfrentamiento.

Ilyas solo cambió su ropa.

Vaelith observaba.

—¿Nada? —le pregunté.

Alzó el mentón.

—Yo soy suficiente.

Hubo un segundo de silencio.

Sus pupilas verticales no parpadearon.

—Yo soy el arma.

No lo dijo con arrogancia.

Lo dijo como quien enuncia un hecho aprendido a golpes.

No insistí.

Salimos de la herrería hacia el distrito interior. Las calles eran un entramado de pasillos de piedra y madera reforzada, pasarelas elevadas, balcones improvisados y cuerdas tensadas de un edificio a otro donde colgaban telas teñidas.

El bullicio no era caótico.

Era contenido.

Gente que había aprendido a vivir en un espacio limitado.

Un grupo de orcos compactos discutía precios frente a un puesto de herramientas. No eran bestias. Eran organizados. Más allá, semi-humanos de rasgos felinos negociaban piezas de cuero reforzado con una mujer de piel azulada y marcas luminiscentes en los brazos.

No era refugio.

Era adaptación.

Vaelith caminaba medio paso detrás de mí.

Libre.

Pero no del todo.

La posada estaba cerca del centro.

No era lujosa.

Pero estaba llena.

El sonido de voces mezcladas, utensilios golpeando madera y el aroma de comida caliente golpeó más fuerte de lo esperado.

Nos sentamos juntos.

La comida llegó en porciones generosas.

Carne asada con grasa visible. Pan caliente. Caldo espeso.

Durante varios segundos nadie habló.

Era la primera vez que comíamos así desde que todo comenzó.

Ilyas fue el primero en romper el silencio.

—Bueno… si esto es una ilusión, prefiero descubrirlo con el estómago lleno.

Eso bastó.

Comimos.

El alcohol aflojó bordes ásperos.

Kael incluso sonrió una vez.

Soren habló más de lo habitual.

Nöuk apoyó el codo en la mesa y se permitió reír bajo.

Vaelith comía con disciplina.

No con ansiedad.

Como si todavía temiera que alguien pudiera retirarle el plato.

Yo lo noté.

No dije nada.

Fue la primera cena real desde que todo comenzó.

Y eso nos desarmó más que cualquier combate.

Uno a uno fueron retirándose a sus habitaciones.

Yo fui de los primeros.

La habitación era sencilla, pero limpia. Cerré la puerta detrás de mí y apoyé la nueva hacha contra la pared. Me senté en el borde de la cama, dejando que el peso del día cayera finalmente sobre los hombros.

No escuché pasos.

Pero supe que estaba ahí antes de que llamara.

La puerta se abrió despacio.

Vaelith entró.

Había dejado la ropa nueva a un lado.

La luz tenue delineó las curvas de su cuerpo, el contraste entre piel suave y escamas parciales que brillaban como metal pulido en puntos estratégicos. Sus cuernos proyectaban una sombra curva sobre la pared. Su cola se movía lentamente detrás de ella.

Cerró la puerta.

No bajó la mirada.

Pero tampoco avanzó de inmediato.

—No sé cómo pagar una deuda —dijo al fin.

Su voz no tembló.

Dio un paso.

—Pero sé cómo servir.

Descendió lentamente hasta quedar de rodillas.

No había teatralidad.

Era una oferta directa.

Mi pulso no era de piedra.

Verla así —orgullosa incluso en la entrega, poderosa incluso de rodillas— despertaba una respuesta física inmediata.

Mis dedos se tensaron apenas.

Ella lo notó.

Sus pupilas se afinaron.

Esperó.

Solté el aire despacio.

—Levántate, Vaelith.

Mi voz salió más grave de lo que pretendía.

Se incorporó con fluidez felina. Cuando estuvo frente a mí, la cercanía era peligrosa. El calor de su cuerpo se sentía incluso sin tocarla.

Extendí la mano.

No para reclamarla.

Para elevar suavemente su mentón.

La miré a los ojos.

No a su cuerpo.

A ella.

—No me debes nada.

Su respiración cambió primero.

Fue sutil.

Pero la escuché.

El aire entraba más lento por su nariz, más profundo por la boca apenas entreabierta. El calor entre nosotros se volvió denso.

Yo era humano.

La deseaba.

Y eso hacía que elegir fuera más difícil.

Sus dedos se deslizaron apenas por mi muñeca. No como súplica. Como prueba.

—Los hombres que me encadenaron miraban aquí —murmuró, tocándose el pecho sin apartar los ojos de los míos—. Tú no.

No bajé la mirada.

—No necesito domarte.

Silencio.

Largo.

—Eres libre —continué—. Si quieres irte mañana, nadie te detendrá. Si quieres quedarte… será porque tú lo decides.

Algo se quebró en su expresión.

No debilidad.

Comprensión.

Durante un instante demasiado largo, nuestros cuerpos estuvieron a un suspiro de distancia. Bastaba inclinarme apenas. Bastaba que ella avanzara medio paso.

No lo hice.

Porque la libertad que le ofrecía no podía estar manchada por impulso.

Ella descendió nuevamente.

Pero esta vez no por obligación.

Se arrodilló con lentitud consciente.

Inclinó la cabeza… y mantuvo los ojos en los míos.

—Entonces elijo —susurró.

No era una esclava.

Era una mujer tomando una decisión.

Sus uñas rozaron mi muñeca una última vez antes de levantarse. Se vistió despacio, sin ocultarse realmente.

Antes de salir, se detuvo en la puerta.

—Observaré… hasta entender qué clase de hombre eres.

La puerta se cerró con suavidad.

El aire quedó tibio.

Vivo.

Y por primera vez desde que todo comenzó…

Dormir no iba a ser sencillo.

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