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El abismo 1 - El Despertar

9. capítulo 9 - la aldea amurallada

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La fortaleza no dormía.

Al amanecer, el aire estaba cargado de humo fino y metal caliente. Martillos golpeaban con ritmo constante, voces bajas intercambiaban órdenes, pasos firmes cruzaban las calles estrechas. No había risas. No había alardes.

Solo supervivientes.

Üros lo notó de inmediato: nadie allí caminaba como un héroe. Caminaban como quienes habían visto morir a alguien y seguían respirando por pura obstinación.

Un orco de torso ancho coordinaba a un grupo que reforzaba la muralla interior. Le faltaba un ojo; la prótesis que ocupaba su lugar brillaba con runas débiles. Una humana cosía con manos deformadas por antiguas quemaduras mágicas. Dos semi-humanos felinos intercambiaban mapas en voz baja, marcando zonas con símbolos de advertencia.

Nadie era confiado.

Llegar hasta allí significaba haber atravesado una masacre.

Y eso los igualaba.

La tienda especializada no tenía cartel. Era una construcción encajada contra la piedra viva de la muralla, con una puerta angosta y un símbolo tallado encima: un círculo incompleto atravesado por tres líneas.

Dentro, el aire olía a polvo antiguo y tinta fresca.

Estanterías imposibles se elevaban hasta el techo, llenas de volúmenes encuadernados con cuero irregular. Cristales flotaban a distintas alturas, proyectando tablas de información en un idioma que no siempre coincidía con el que hablaban.

Y detrás de una mesa baja, estaba él.

No era exactamente humano.

Su cuerpo era alto pero extremadamente delgado, con una curvatura leve en la espalda que no parecía debilidad sino adaptación. La piel tenía un tono gris perlado, casi traslúcido bajo la luz. Sus ojos eran grandes, completamente negros, sin párpados visibles. Los dedos, largos y articulados con demasiadas falanges, estaban manchados de tinta azul oscuro.

Cuando levantó la vista, no sonrió.

Los evaluó.

—Han forzado el cuerpo antes de educar el flujo —dijo sin saludo previo.

Üros sintió un leve estremecimiento.

—¿Perdón?

El anciano inclinó la cabeza apenas unos grados.

—Sus estadísticas físicas son desproporcionadas para su nivel estructural. Y sus afinidades elementales están sin canalizar. Es un patrón… poco común.

Un cristal descendió frente a ellos.

La interfaz se desplegó con claridad brutal.

Fuerza: elevada.

Resistencia: anómala.

Adaptabilidad física: superior al promedio.

Control elemental: básico.

Canalización: inestable.

Encantamiento: inexistente.

Nöuk frunció el ceño.

—Hemos sobrevivido —respondió con tono firme.

—Precisamente —contestó él.

Sus dedos se movieron en el aire, y nuevas líneas aparecieron.

—Existen dos tipos de desarrollo. Evolutivo y aprendido.

Las palabras flotaron frente a ellos.

—El desarrollo evolutivo ocurre en combate real. El cuerpo y el núcleo se adaptan bajo estrés extremo. Es rápido… y peligroso.

Las cifras de penalización parpadearon.

—El desarrollo aprendido es técnico. Controla el flujo, enseña a usar elementos para reforzar ataques, encantar armas, estabilizar energía. Es más lento. Mucho más estable.

Üros entendió antes de que el anciano lo dijera.

—Nos hemos saltado la base.

—Han convertido sus cuerpos en armas antes de aprender a empuñarlas.

Silencio.

El anciano continuó:

—Por eso sus penalizaciones son irregulares. Por eso los reguladores los detectan con mayor frecuencia. Son… ineficientemente poderosos.

Soren soltó una risa breve y seca.

—Eso suena a elogio.

—No lo es.

Una nueva proyección mostró rutas descendentes.

—A niveles más profundos, las mutaciones son más definidas. Más especializadas. Más letales. Sin control elemental, su evolución puede volverse… incompatible.

La palabra quedó suspendida.

Incompatible.

Por primera vez desde que habían llegado a la fortaleza, Üros sintió algo más que cansancio.

Sintió advertencia real.

Pasaron horas allí.

Aprendieron fundamentos que jamás les habían explicado:

Cómo envolver un filo con una capa mínima de energía para reducir desgaste.

Cómo dirigir el flujo hacia músculos específicos sin saturar el núcleo.

Cómo detectar microfracturas internas antes de que se convirtieran en penalización.

No eran hechizos grandiosos.

Eran técnicas básicas.

Y comprendieron algo inquietante:

Habían sobrevivido haciendo mal demasiadas cosas.

El anciano, antes de despedirlos, dijo con voz tranquila:

—La fortaleza es un descanso. No una solución. Algunos eligen quedarse. Otros bajan. Ambos caminos requieren equilibrio.

Sus ojos negros se fijaron en Üros.

—Usted está al borde de una mutación mayor. Le sugiero… decidir pronto qué desea ser.

La fortaleza estaba más silenciosa cuando Nöuk salió de su habitación.

Caminó con pasos medidos hacia la puerta de Üros.

Se detuvo.

Vaelith estaba allí.

No en posición rígida de guardia.

Apoyada contra la pared.

Esperando.

La luz tenue del pasillo marcaba las escamas oscuras de su cuello y clavícula. Sus ojos dorados se alzaron lentamente hacia Nöuk.

No había desafío en su postura.

Había decisión.

—Vienes por él —dijo Vaelith.

No era acusación. Era constatación.

Nöuk sostuvo su mirada.

—Sí.

Silencio breve.

—Yo también lo deseo —añadió Vaelith.

No hubo vergüenza en su voz. Tampoco insinuación barata. Era una verdad desnuda.

Nöuk se tensó apenas.

—No eres su obligación.

Los ojos dorados brillaron con algo profundo.

—No —respondió—. Soy su elección.

La palabra cayó con peso.

Vaelith bajó la mirada un instante, y cuando volvió a hablar, su voz perdió dureza.

—En mi raza no existe la monogamia. Pero existe el vínculo. Se elige una vez. Hasta que uno muere.

Nöuk sintió un escalofrío.

—¿Y ya elegiste?

Vaelith asintió.

—Sí.

No había rastro de sumisión forzada. No había rastro de transacción.

Había voluntad.

Nöuk la estudió largo rato.

—Yo no vengo solo por deseo —dijo al fin—. Vengo porque lo he visto sangrar. Porque me ha visto caer. Porque cuando todo se rompió… se quedó.

Vaelith comprendió.

Algo en su postura cambió. No retrocedió. No bloqueó la puerta.

Simplemente se apartó.

—Entonces entra —susurró—. Yo esperaré mi momento.

Nöuk sostuvo su mirada un segundo más.

No eran rivales.

No todavía.

Y tocó la puerta.

Üros abrió.

La sorpresa duró apenas un latido.

Luego vio la determinación en los ojos de Nöuk.

Y todo lo que llevaba conteniendo desde hacía días se tensó bajo la piel.

Cuando ella entró, la puerta se cerró con un sonido sordo.

No hubo discurso largo.

No fue delicado al principio.

Fue necesidad.

Las manos de Üros recorrieron su espalda con hambre acumulada, la atrajo contra su cuerpo y la besó con una intensidad que no pedía permiso. Nöuk respondió con la misma fuerza, aferrándose a él como si el mundo fuera a desaparecer otra vez.

Había deseo, sí.

Pero había algo más pesado debajo.

Supervivencia compartida.

Duelo no dicho.

Confianza absoluta.

Cuando sus ropas cayeron, no hubo vergüenza.

Los cuerpos encajaron con una naturalidad casi violenta. Üros la levantó y la llevó hacia la cama con impulso firme. El primer movimiento arrancó un sonido bajo de la garganta de Nöuk, mitad placer, mitad liberación contenida.

No era torpe.

No era apresurado.

Era intenso.

Cada embestida llevaba el peso de lo que habían perdido y lo que aún se negaban a perder. Nöuk marcó su espalda con uñas firmes, reclamándolo con la misma decisión con la que blandía su arma en combate.

Üros había evitado a la draconiana no por falta de deseo.

El deseo estaba allí.

Pero con Nöuk… esto no era solo físico.

Cuando el clímax los alcanzó, fue menos un estallido y más una ruptura de tensión acumulada. Respiraron juntos, entrelazados, el sudor mezclándose con el calor persistente.

Üros apoyó la frente contra la de ella.

No dijo te amo.

No hacía falta.

Más tarde, cuando la respiración se volvió calma, Üros se levantó.

Se vistió en silencio y salió al exterior.

Desde la muralla, la niebla del siguiente nivel parecía más densa que antes.

La fortaleza estaba viva detrás de él.

Refugio.

Descanso.

Ilusión de estabilidad.

Pero abajo…

Abajo los enemigos mutaban.

Se volvían más definidos.

Más peligrosos.

Y ahora sabían que habían estado luchando mal.

Üros apoyó las manos sobre la piedra fría.

No podían quedarse.

No eran de los que se detenían en la pausa.

Y en algún punto d la fortaleza, Vaelith aún estaba despierta.

Esperando.

El descenso ya no era solo una necesidad.

Era una decisión.

Y pronto, tendrían que tomarla.

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