6. CAPÍTULO 2
El aire de la estancia se espesó, cargado de una electricidad expectante, cuando la lechuza batió sus alas por última vez. Al posarse, un suave ulular reverberó en las vigas de roble como un eco de eras olvidadas. En ese instante, su plumaje níveo comenzó a vibrar hasta emanar destellos tan intensos que inundaron cada rincón con una luminiscencia cegadora. La silueta del ave se dilató en el resplandor; las plumas se fundieron en seda y el pico se suavizó en rasgos humanos, mientras un calor sobrenatural transmutaba el frío de la noche en una atmósfera de ensueño.
La brillantez se desvaneció lentamente, como una neblina de estrellas que se disuelve al alba, revelando a un hombre joven de tez clara cuya sola presencia irradiaba una serenidad magnética. Sus ojos, de un verde vibrante y profundo, parecían custodiar la esencia misma del bosque tras la lluvia. Una sonrisa franca iluminó su rostro, cargando el ambiente de una alegría contagiosa.
—Ha sido, sin duda, la experiencia más vibrante de toda mi existencia —exclamó, su voz aún teñida por el asombro—. Pero… ¿dónde se ha metido Morgana? —Buscó con la mirada en las sombras—. Esa mujer… posee el don de convertir la espera en un arte.
Aquella queja fue el puente invisible que transportó su mente hacia una tarde dorada, años atrás. Se vio de nuevo en el gran salón de la alcaldía, envuelto en el aroma de la madera vieja y los pergaminos. Allí, Tomás, el alcalde, deambulaba con una mezcla de orgullo y agitación. Lo había convocado con una promesa solemne: entregarle a su única hija para que, bajo su tutela, se convirtiera en la aprendiz más brillante de la magia blanca. Sin embargo, los minutos goteaban en el silencio y la silla frente a ellos permanecía vacía, tensando los hilos de la paciencia del mandatario.
El alcalde consultó su reloj de bolsillo con un gesto de resignación, soltando un suspiro que pareció pesar más que los años.
—Esta muchacha… —gruñó, aunque el afecto templaba su frustración—. Tiene el don de convertir la impuntualidad en una tradición familiar.
Antes de que el eco de su queja se extinguiera, un silbido repentino resquebrajó la quietud del salón. Como si hubiera aguardado el momento exacto para desafiar las leyes, una joven de melena áurea y ondulada irrumpió por el ventanal. No cruzó el umbral a pie, sino que rasgó el aire con una destreza envidiable, cabalgando una escoba de madera pulida que centelleaba bajo el sol del ocaso.
Para el maestro, el tiempo se detuvo. La visión de aquella aprendiz, con el cabello ondeando como un estandarte de oro y una chispa de indomable rebeldía, le arrebató el aliento. Descendió de su transporte mágico con una elegancia que desafiaba a la gravedad, inundando el recinto con una energía vibrante que cautivó su espíritu de forma irreversible. En aquel instante, la puntualidad dejó de tener sentido; solo importaba la imagen de la joven que, con un solo vuelo, había reescrito el destino de ambos.
Una vez más, un calor abrasador le recorrió la piel, como si la sangre se le hubiera convertido en luz. Rozó con disimulo las palmas sudorosas contra la tela de su túnica, intentando en vano acallar ese zumbido eléctrico que le nacía en el pecho y le robaba el aliento. En ese instante, el mundo se redujo a un solo punto: sus ojos se anclaron a los de la joven en una conexión que pareció detener el tiempo. Ella, con una ternura que él sintió como un bálsamo, le devolvió una sonrisa tímida, bautizando aquel caos interno con la dulzura del primer despertar.
El viaje por sus recuerdos se quebró de forma abrupta. Una detonación sorda bramó desde el fondo de la chimenea, sacudiendo los cimientos de la cabaña y vomitando una densa humareda negra que se enroscó en el aire. Partículas de hollín, como luciérnagas de sombra, danzaron en la penumbra, enturbiando la calidez que el joven mago acababa de recuperar. Con los sentidos en alerta y el pulso acelerado, observó cómo el caos se disipaba lentamente, barrido por las corrientes que silbaban tras los cristales, revelando por fin lo que el fuego había depositado en su hogar.
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